Deux Kratos: Pantheon

  

Primer acto:

 

Durante una tarde de verano, Apolo, dios de la profecía y protector de los jóvenes varones, y su hermana gemela Artemisa, diosa de la cacería y protectora de las jóvenes femeninas, habían invitado a Atenea, diosa virgen de la razón; Ares, dios de la guerra; y Hermes, mensajero de los dioses; todos ellos sus medio-hermanos, para dar una caminata por el prado. Mientras iban caminando por el campo, un pastor llamó la atención de los cinco dioses, quienes curiosos se acercaron a ver. 

 

El muchacho iba persiguiendo a una de sus ovejas, seguido muy de cerca por una joven de su mismo clan. Accidentalmente él cae al lodo, arrancando burlas de la joven que lo acompañaba. Con una sonrisa maliciosa, el joven pastor jaló a la chica, haciendo que también se caiga al barro con él. En lugar de molestarse, ambos comenzaron a lanzarse lodo y reírse por lo ocurrido. Después de observar aquello, Artemisa y Apolo rieron al entender la gracia del asunto, lo cual no es comprendido por los otros tres dioses que les acompañaban.

 

–¿Qué tiene eso de divertido para que se rían? Conocemos el retorcido sentido del humor de ustedes dos. En verdad que son extraños – bufó Ares.

 

Artemisa se secó las lágrimas que tenía de tanto reír y por fin le dijo:

 

–No es nada, Ares... Es simplemente... 

–Que los mortales son muy sencillos. Sólo es eso – completó Apolo, también recuperándose de las carcajadas.

–No le veo sentido... Los humanos son simplemente figuras de barro creadas por capricho de Prometeo. Sus vidas son tan simples... y sin embargo me pregunto por qué pueden disfrutar de cosas tan pequeñas – Ares miró con algo de burla a los jóvenes mortales, que regresaban completamente sucios a su aldea.

–No se trata de entenderlo – Atenea comenzó a entender a qué se referían los gemelos – Pueden vivir con tan poco que ofrece el mundo.

–Apuesto a que no podrías pasar ni un año como mortal, Ares – le desafió Artemisa, dando a relucir esa actitud desafiante que le caracterizaba. 

–Deja de provocarlo, hermana – le decía Apolo, para luego adoptar la misma sonrisa – No le propongas cosas que él no va a poder cumplir. El pobre Ares luego se sentirá acomplejado.

Ares sonrió maliciosamente y supo como contrarrestar el reto de los gemelos.

 

–Está bien... pero primero tengo que ver a ustedes pasar su propia prueba – fue lo único que contestó.

–Recuerden que los mortales no tienen poderes. Se las arreglaran como uno – Atenea se unió al juego de Ares. –Un momento ¿Qué le diremos a nuestro padre? Se dará cuenta de esto y a nosotros nos reprenderán por la ausencia de éstos dos – intervino un preocupado Hermes. –No habrá problema. Si logran pasar la prueba, seguro que nuestro padre se olvidará de que se ausentaron... ¿Qué clase de dioses serían si no pueden cumplir algo que ellos mismos han impuesto? – Ares sonrió satisfecho, suponiendo que los hijos de la Titán Leto se retractarían, quedando él victorioso como en sus numerosas batallas. –Si lo pones de esa manera... Está bien. Lo haremos – aceptaron ambos.

 

Para hacerlo oficial, Atenea usó su cetro para adormecer sus poderes y encerrarlos en la Urna de los Tesoros. Ellos pasaron a ser simples mortales. Ahora eran vulnerables a todo lo que tenían que vivir los humanos. Ella los despertaría una vez que pasara el año de prueba.

–Muy bien. Iremos al pueblo – anunció Artemisa.

–¿Están seguros de lo que tienen que hacer? – les preguntó Hermes. –Claro. No en vano vemos todo lo que hacen los humanos – respondió Apolo – Vamos, hermana. –Ya verás que pasaremos esto... – Artemisa sonrió desafiante a Ares, haciendo que este se molestara levemente.

 

Cuando los dos jóvenes se marcharon, Ares se cruzó sonriente de brazos. Esa expresión la conocían muy bien Hermes y Atenea.

 

–Les doy un mes – dijo el dios de la guerra, dirigiéndose de vuelta al Olimpo y dejando solos a Atenea y a Hermes.

 

El mensajero de los dioses también bufó incrédulo por lo que había sucedido.

 

–Mira en lo que se convirtió nuestro paseo por el campo... ¿En verdad crees que Artemisa y Apolo estén bien, Atenea? Son vulnerables a cualquier cosa ahora que son mortales.

–Yo los apoyaré con tal que humillen a Ares una vez que ganen la apuesta – sonrió con malicia.

–Mujeres... – Hermes se dirigió de vuelta al Olimpo – Cada día se vuelven más locas.

   

* * *

 

El tiempo pasó y Artemisa y Apolo aprendieron a vivir como muchachos normales, trabajando y conviviendo con otros humanos. Quizás ya no tenían sus poderes, pero la habilidad de ambos con el arco seguía siendo perfecta, al igual que la pasión por la música del joven Apolo y la actitud proteccionista de Artemisa hacia sus nuevas amigas.

 

Pronto descubrieron el amor, cosa rara para los dioses, quienes no lo sentían, sólo efímera atracción hacia alguien del género opuesto. No pasó mucho para que cada uno se casara y tuviera hijos. Sabían que la vida de los humanos era dura y llena de dificultades, que ese mundo podía ser frío y cruel, pero siempre había algo que mantenía firme la idea de que era un hermoso lugar para vivir. No era mejor que el Monte Olimpo, pero se le podía asemejar.

 

Ares, Atenea y Hermes se mantuvieron vigilando a los gemelos, espectáculo que también comenzaron a disfrutar Afrodita, Perséfone, Hebe, Hefesto y, a ese paso, todos los demás dioses del Olimpo.

 

No podían explicarse cómo eran tan felices esos dos habiendo renunciado a sus beneficios como dioses. La curiosidad invadió a cada uno, queriendo experimentar lo que Apolo y Artemisa estaban viviendo como mortales.

 

También bajaron a la tierra y trataron de vivir. Sin embargo, pareciera que lo que buscaban no les era revelado todavía. Tal como habían cosas bellas, descubrieron todo a lo que se exponían los hombres: cansancio, hambre, sed, enfermedades... incluso la muerte, de la que Tánatos era encargado cuando aún era dios, y la cual Hades gobernaba.

 

Se dieron cuenta del grave error de dejar dormidos sus poderes, debido a que las Parcas, las Erinias, las Gracias y las Musas, las únicas ahora en el Olimpo, no tenían la capacidad de devolverlos a sus condiciones como dioses.

 

Se resignaron a vivir como mortales, con el miedo de que algún día tendrían que morir como todos los humanos. Ares se las ingenió finalmente para culpar de todo a Artemisa y Apolo, alegando que ellos los arrastraron a esa situación tan miserable. Sabiendo que era más fácil culparlos a ellos, los demás dioses quisieron vengarse; pero para su asombro, los gemelos se enteraron de esto y huyeron, dejando a sus familias y a la gente que conocieron.

 

Desde entonces, cada vez que Artemisa y Apolo reencarnan en una nueva época, los demás dioses renacen en la misma tierra que pisen ellos y buscarán la manera de vengarse por la pérdida de su omnipotencia.

 

* * *

 

–Es por eso que los dioses ya no controlan la vida de los humanos. Las Musas, las Erinias, las Parcas y las Gracias siguen con su trabajo de dirigir las vidas de los humanos, los cuales tienen menos peso debido a que no tenían más obligaciones con los seres supremos que desaparecieron del Olimpo.

 

Kenji cerró el libro y vio que los niños a los que cuidaba se habían quedado dormidos. La madre de los pequeños llegó y pagó al muchacho por las horas de trabajo. Okubo Kenji, un adolescente japonés como cualquier otro, era un muchacho de 15 años sano, inocente y de personalidad amable y refinada. Tenía el cabello bicolor, rubio arriba y negro por la nuca, y brillantes ojos verdes que reflejaban su jovialidad.

 

–Eso fue todo por hoy día. Muchas gracias por cuidarlos de nuevo, Kenji-kun – agradeció la señora, recién entrando con varias bolsas de mercado.

 

Kenji se apresuró a ayudarle con las compras y llevarlas a la cocina. La señora sacó el dinero y se lo dio muy amablemente.

 

–No se preocupe. Me gusta tratar con ellos. Escuchan las historias con atención hasta que se quedan dormidos.

–Espero que vengas la próxima vez que te llame.

–Sí. Yo ya me tengo que ir a mi casa. Gracias por todo, Ishida-san.

 

Cuando se fue del departamento, ya eran las 9.00 pm. El ruido de Tokio era el habitual. Tantas luces y sonidos. Es sorprendido por la entrada sorpresiva de su hermana gemela, Okubo Reika. Idéntica a él en apariencia: el mismo cabello corto, la misma estatura y los mismos ojos verdes. Ellos dos eran una dupla inseparable.

 

–¿Qué tal estuvo todo, Ken-chan? – le preguntó su hermana, colgándose de su hombro.

–Ya sabes. Los niños no estaban quietos y tuve que contarles un cuento.

Sou da... – Reika se fijó en el libro que Kenji cargaba – ¿Así que les contaste el mismo cuento que nos relataba papá cuando aún éramos pequeños, Ken-chan?

Ha. Siempre me ha gustado esta historia... En especial la convicción que sostuvieron Artemisa y Apolo.

–Este mundo es bello a pesar de todo. Tiene cosas malas como buenas – repitieron los dos mellizos al mismo tiempo.

–Vamos a casa, Ken-chan. Mañana es viernes. Hay práctica del equipo.

–De acuerdo. Pero conste que yo aún tengo la mejor puntuación.

–No me hagas reír, Ken-chan. Tenemos exactamente la misma puntuación. Un descuido tuyo y el trono pasará a ser de la gran Reika-sama – dijo la muchacha en un fingido tono altanero.

 

Los dos continuaron riendo mientras eran observados por alguien.

 

* * *

 

A la mañana siguiente, en el patio de la escuela, Kenji y Reika asistieron a las prácticas del club de arquería. Ellos eran los más hábiles de la escuela, debido a la perfección con la que dominaban el arco y la flecha. Los dos adolescentes eran los más populares, recibiendo admiración de chicos y chicas por igual.

 

–Muy bien hecho, Okubo – le dijo la profesora a Reika, una vez que la muchacha diera muy cerca del blanco – Sigue Okubo Kenji.

–Ganbatte, Kenji-san! – le animó un grupo del club.

–Tranquilo, Ken-chan. Si fallas será mi turno de nuevo – le dijo su hermana.

 

A la hora de apuntar, Kenji sintió que algo se apoderaba de él. Vio el blanco como si fuera una esfera brillante, la cual centró su atención por completo. Reika se fijó en la postura de su hermano, viendo también lo mismo que veía su gemelo. Soltó la flecha, la cual fue disparada hacia el centro de la esfera. Ésta, a su vez, comenzó a resquebrajarse, saliendo varias estelas de luz de su interior. Una de ellas entrando dentro de su propio cuerpo y otra en Reika.

 

Ambos mellizos se sorprendieron al ver eso, pero al fijarse en el resto, pareciera que nadie lo hubiera visto ¿Estarían volviéndose locos? Posiblemente, excepto por la probabilidad de que ambos hayan visto la misma alucinación.

 

Cuando todo volvió a ser claro, Kenji vio que la esfera era el blanco nuevamente. Había encajado la flecha en el centro exacto. Eso no lo había logrado nadie, razón por la cual el resto del club de arquería quedó con la boca abierta.

 

Kenji se llevó una mano a la frente y se dirigió a la profesora.

 

–Sensei. No me siento muy bien... ¿Puedo ir a descansar? – preguntó el muchacho rubio.

–Claro, Kenji.

–Voy a acompañarlo – se ofreció Reika.

 

Cuando se alejaron del campo de entrenamiento, Kenji soltó un gran suspiro y cayó de rodillas al suelo. Aún estaban incrédulos por lo que había ocurrido.

 

–¿Viste lo mismo que yo, Ken-chan? – le preguntó a su gemela.

–Exactamente...

–¿Qué está pasando? ¿Por qué los demás no lo vieron?

–No tengo ni la menor idea... Todo esto es extraño. No creo que los dos hayamos desvariado al mismo tiempo.

 

A lo mejor había sido una gran coincidencia. Quizás simplemente estaban cansados. Quién sabe. La profesora los había dispensado el resto del día, así que decidieron planear cómo descansar. Vieron a un muchacho de lentes acercarse. Tenryo Ryo, el mejor amigo de los gemelos, era un muchacho alto, de cabello negro corto y de apariencia intelectual definida por sus anteojos de montura. El joven Tenryo era hijo de ricos empresarios en el área de la computación, por lo que era comprensible que siempre llevara consigo lo más avanzado en tecnología de comunicaciones.

 

–Hola, Kenji. Hola Reika-chan ¿No tenían lo del club de arquería hasta más tarde?

–La profesora nos dispensó... Me he sentido un poco raro – dijo Kenji.

–¿Raro? ¿No será la presión porque se acerca el onomástico de ambos este domingo 29 de febrero, el raro año bisiesto? – sonrió el muchacho de lentes.

–Supongo... ¿Puedes creer que por fin tendremos 16 años, Ken-chan? – dijo la emocionada muchacha para cambiar el ambiente.

–Siempre quise que llegara este momento, Reika – respondió tan alegre como ella.

–¿Por qué es tan especial que cumplan 16? ¿Qué diferencia hay de sus otros 15 cumpleaños anteriores? – preguntó Ryo.

–El tío Ben y la tía May van a venir de Estados Unidos, y Lina viene con ellos.

–Ahora que lo dicen ¿Lina-san es su prima mayor?

–Así es – contestaron a la vez – La veremos mañana en su hotel.

 

Hacía mucho que no veían a su prima mayor, y ella había prometido por teléfono que les diría algo de suma importancia, lo cual los mantenía al borde del suspenso.

 

–¿Quieren acompañarme al museo? Ya que no tienen nada que hacer... – les ofreció su amigo.

–Sí. Aún queda la tarde libre.

 

A Kenji y a Reika les encantaba ir al museo. Los padres de ambos, antes de fallecer años atrás, habían sido apasionados arqueólogos que estudiaban las ruinas en Grecia. Ellos aún atesoraban las viejas leyendas que su padre había traducido con tanto esfuerzo, y habían memorizado cada mito, en especial el de Apolo y Artemisa, aunque esa leyenda no la conocía nadie aún, debido a que había sido recientemente descubierta de los viejos pergaminos de Pallas, una antigua sacerdotisa del templo del oráculo. Según el final de la historia, Apolo y Artemisa reencarnarían como humanos para terminar de vivir tranquilos, lejos de la ira de los demás dioses, pero sus intentos siempre eran frustrados, viéndose obligados a huir y no terminar de vivir con plenitud. Kenji y Reika eran llamados por sus padres justamente como los dioses gemelos debido a esta historia; esa era una de las razones por las que adoraban ese relato desde pequeños.

 

Cuando llegaron al museo, se dieron con la sorpresa de que el día de su cumpleaños se haría la inauguración de la exposición de arte griego en el museo. Entre las demás reliquias, se daría un homenaje al fallecido Okubo Genma, el padre de los muchachos y uno de los arqueólogos japoneses que murieron en la expedición a Creta.

  

–Esto es increíble... – dijo una emocionada Reika.

–Sí... más que eso – Kenji también vio muy contento el cartel – ¿Ya lo habías planeado, Ryo?

–Sólo hablé con el encargado... Es mi manera de darles su regalo de cumpleaños.

–¡Eres el mejor, Ryo-chan! – Reika se abrazó a su mejor amigo

  

Ryo se sonrojó de sobremanera cuando Reika le abrazó, hecho a lo que el sonriente Kenji estaba habituado.

  

–Entonces los veré el domingo – se despidió Ryo, a punto de subir a la limusina que enviaran sus padres.

–Ahí estaremos – respondieron a la vez, yendo en dirección a su casa.

  

* * *

  

–¡Ya llegamos, Papá y Mamá! – dijo una enérgica Reika al llegar al departamento.

 

Kenji le siguió y fueron al altar donde tenían las fotos de sus padres. Desde que fallecieron, Kenji y Reika habían vivido solos en ese departamento, sosteniéndose gracias a los ahorros de sus padres y de lo que mandaban sus tíos desde América. Después de rezarles por unos momentos, Kenji se dirigió a la cocina para hacer la cena, mientras Reika iba a darse una ducha.

 

–Ken-chan... – le dijo Reika desde el baño.

–¿Qué sucede, Reika? – preguntó su hermano, comenzando a sacar los ingredientes.

–Pasado mañana cumplimos 16. Papá y mamá siempre nos hablaron de esto...

–Así es... Sucederá algo... puedo asegurártelo.

–Espero que no suceda lo de hoy en la tarde – recordó preocupada la alucinación que tuvieron durante las prácticas de arquería.

–¿Qué habrá ocurrido? Extrañamente me pareció muy familiar la escena... ¿Recuerdas la historia sobre la Urna de los Tesoros? Atenea encerró ahí las habilidades de Apolo y Artemisa cuando se convirtieron en humanos.

–Se parecía mucho a la ilustración del libro... Creo que estamos leyéndolo mucho.

–Aún así... Apuesto a que tu alucinación terminó con una luz blanca que entraba en ti, Ken-chan.

–¿A ti también te pasó eso, Reika?

–Es muy extraño...

 

Cuando estuvieron pensativos, el teléfono sonó. Kenji contestó al instante.

 

–Aló. Buenas noches. Habla a la residencia Okubo – dijo el muchacho.

–Cuídense de sus destinos, hijos de Leto – dijo la extraña voz. –¿Qué dice? Hola... Hola... – la llamada se cortó cuando trató de responder.

 

Cada vez estaban más asustados. Primero las alucinaciones y ahora una voz misteriosa.

–¿Qué está sucediendo? ¿Será una broma de mal gusto? – dijo Reika.

–Si lo es, está logrando asustarme, Reika.

  

* * *

 

Llegó la mañana del sábado. Kenji y Reika llegaron a un gran hotel en Tokio, lugar donde se hospedaban sus parientes. Subieron hasta la habitación donde se hospedaba Lina y tocaron la puerta.

 

Les recibió una joven de 22 años. Largo cabello negro cenizo, muy guapa y porte muy agraciado, también con lúcidos ojos verdes y una gran medida de busto. Ella era Kuroha Lina, prima de los mellizos Okubo.

 

–¡Lina! ¡Hola! – saludaron a la vez.

–Qué bueno que llegan. Pasen.

 

Los dos se sentaron en dos sillas de la amplia habitación, mientras la mayor cerró las cortinas.

 

–¿Qué pasó con el tío Ben o la tía May? – preguntó Kenji.

–No pudieron venir, pero me enviaron sólo a mí.

–¿Qué era eso que nos ibas a decir, Lina? – preguntó Reika.

 

Lina suspiró cansadamente y desabrochó el primer botón de su blusa, lo cual puso nervioso a Kenji, quien trataba de no ver su escote. Lina se veía con la respiración cada vez más pesada.

 

–¿Estás bien, Lina? – preguntó Reika.

–¿Recuerdan el mito de Apolo y Artemisa? – continuó ella, ignorando su pregunta.

–Sí, cómo olvidarlo – dijo Kenji.

–Hemos crecido con ese cuento – completó Reika

–Déjenme decirles que no es cuento...

 

Aún no comprendían lo que pasaba. Lina los miró con seriedad.

 

–Cada centuria, Artemisa y Apolo reencarnan en un par de hermanos, no importa de qué tierra provengan los elegidos para albergarlos en sus cuerpos. Eso implicará que un dios renacerá también en la tierra y tratará de vengarse de los dos. Durante todo ese tiempo, ninguna reencarnación de ellos dos ha sobrevivido, y no voy a permitir que eso ocurra con ustedes...

–¿Dices que... nosotros...? – Reika estaba estupefacta.

–No es posible... Pero... – Kenji trató de hablar, pero tampoco podía.

 

Lina se volteó y caminó hacia la ventana cerrada.

 

–Estarán a salvo siempre y cuando no hayan roto la Urna de los Tesoros, oculta en el plano espiritual, donde las cosas no tienen masa. Si es rota, no solo los poderes de Artemisa y Apolo regresarán, también lo harán los de los otros dioses. Sería conveniente que siguieran como mortales, ya que podrían ser apresados como cualquier otra persona.

 

Al escuchar aquello, Kenji y Reika se quedaron pálidos. Eso era exactamente lo que habían roto en el plano espiritual. Aquella ocasión en la que un ente se apoderó de las acciones de Kenji e hizo que disparara a aquel objeto raro. Al ver sus expresiones, Lina se dio cuenta de que ya era muy tarde.

 

–Ya no tiene remedio. Deberán despertar los recuerdos de Artemisa y Apolo dentro de ustedes antes de que los encuentren. Eso les dará una oportunidad para defenderse.

–¿Quién nos matará? – preguntó Kenji.

–Esa es la mala noticia... Uno de los grandes ya se reveló... – es interrumpida cuando siente un fuerte dolor en el pecho.

–¡Lina! – gritaron los dos.

 

Kenji y Reika trataron de ver qué le ocurría, pero ella los alejó.

 

–La primera es Perséfone, diosa que representa la Primavera y reina del Submundo... Ella está viviendo dentro de mi cuerpo y la he controlado desde que tengo memoria... Nunca imaginé que ustedes serían... ¡Arghh! ¡Huyan!

–Lina... ¡No podemos dejarte! – dijo Reika.

 

Los dolores de Lina se disiparon y se quedó inmóvil por unos momentos. Reika trató de encontrar el rostro de su prima. Entonces el brazo de la joven fue directamente hacia el cuello de la muchacha de cabello bicolor. Todo había ocurrido tan rápido que Kenji no tuvo tiempo para reaccionar.

 

–Por fin te encontré... Artemisa – ya no era Lina. Otra entidad se había apoderado completamente de su cuerpo. Volteó lentamente su mirada hacia Kenji – Tú también estás aquí, Apolo.

–Lina... – trató de articular Reika, intentando respirar.

–La única manera de satisfacer mi ira será despedazando sus cuerpos uno a uno... Todo eso compensará el dolor que implicó perder lo que tenía en Olimpo... Mis poderes... Mi linaje... ¡¿Tienes idea de lo que es perderlo todo por un simple juego?!

 

Fue interrumpida cuando algo la golpeó. Kenji tuvo que intervenir, empujándola para salvar a su hermana.

 

–¡Reika no tiene nada que ver! ¡Conocemos la historia! ¡Artemisa y Apolo no fueron responsables de la decisión que tomaron ustedes al seguirlos!

–¡Mentira! – gritó la enfadada diosa, golpeando de vuelta a Kenji para dejarlo inconsciente – Por culpa de ustedes hemos sido destinados a morir como cualquier humano. Me ha tocado reencarnar lejos de mi esposo... Y el Hades es tan distinto cuando uno muere... Muy diferente de ir directamente a Elyson... He pasado por más de cinco muertes y no he logrado reencontrarme con él.

–Tu esposo... ¿Te refieres a Hades? – Reika apenas se recuperaba de la agresión anterior.

–Así es... – pronto su furia fue convirtiéndose en nostalgia – Si logro matarlos a ustedes... Al menos me libraré del rencor que guardo. Es la única manera que conozco para poder calmar mi sed de venganza.

–Matarnos no te devolverá a tu esposo... – la reencarnación de Apolo se acercó a ella – Tú y yo somos hermanos también, no importa si no somos de la misma madre... No quiero lastimarte, Perséfone.

 

A pesar de hablar y comportarse como Kenji, era alguien más. Había pasado a convertirse en el dios de la profecía. Sin embargo, Reika aún podía sentir que era su hermano. Una mezcla de ambos.

 

Repentinamente, Perséfone estalló de cólera y le lanzó una onda muy fuerte al otro Dios.

 

–¡Cállate! ¡Deja de tratar de engañarme, Apolo! – se levantó casi tambaleante – No voy a perdonarlos... ¡No voy a perdonarlos!

 

Reika vio que había pasado lo que Lina quería prevenir: Los poderes de Perséfone estaban volviendo paulatinamente. Si tan solo ella misma pudiera aprender a hacer eso para rescatar a su hermano.

 

No podían resolverlo ya. Perséfone se había descontrolado completamente. La esposa de Hades se dirigió hacia Reika, al darse cuenta de que ella aún estaba indefensa al no despertar aún a Artemisa.

 

–Finalmente me tocará a mí hacer este trabajo... – cuando iba a apuñalarla con un cuchillo que estaba junto a la canasta de frutas del cuarto, Kenji se lanzó nuevamente hacia ella, pero el impulso los llevó por la ventana del balcón, ante la visión de su hermana.

–¡Ken-chan! – gritó desesperada.

 

Reika corrió horrorizada para tratar de buscar a Lina o a Kenji, pero habían desaparecido.

 

* * *

 

Ryo atendió la llamada de su celular. En ese momento estaba dirigiéndose a la casa de Kenji y Reika, pensando que ellos ya habían regresado de ver a su prima.

 

Hai. Ryo desu... – contestó el primogénito de los Tenryo.

–¡Ryo-chan! ¡Ha ocurrido algo!

–¿Reika-chan? – la voz de su amiga lo desconcertó – ¿Qué sucede?

–Necesito que vengas al hotel en seguida.

–¿Pero qué pasa? ¿Y Kenji?

 

* * *

 

Después de la caída, Perséfone despertó.

 

–Sigo viva dentro del cuerpo de la humana... Debí haber fallecido con esa caída... – dijo para sí misma, al ver que su cuerpo no había sufrido daño alguno – ¿Cómo ocurrió esto? ¿Dónde me encuentro?

 

Pronto su mirada se posó en el dormido Apolo, que aún continuaba inconsciente a su lado. Recordó la última escena, en la que Kenji y ella estaban a punto de caer al suelo por la ventana del balcón. Al parecer el muchacho que albergaba al dios de la profecía los había salvado a los dos al teletransportarse a otro lugar vacío.

 

–Mmmf... – Kenji volvió en sí. Cuando sus sentidos se aclararon, se dio cuenta que estaban en el campo de arquería de la escuela.

 

Al fijarse mejor, se dio cuenta de que Perséfone lo miraba, ya consciente. El muchacho se asustó y se alejó un poco de ella.

 

–No te preocupes. Ya no quiero matarte, Apolo – miró al suelo y suspiró.

–¿Aún eres Perséfone o mi prima ha regresado?

–Aún sigo ocupando el cuerpo de la joven a la que llamas Lina. Sin embargo... No pienso en eliminarte todavía.

 

La diosa se levantó y caminó hacia el blanco en el que Kenji y Reika vieron la Urna de los Tesoros.

 

–Así que ella lo escondió aquí... que astuta. No por nada se ha ganado la reputación que tiene.

–Perséfone... – Kenji trató de buscar su mirada – Yo no sé qué pasó en la antigüedad... Lo único que puedo decirte con certeza es que Apolo nunca quiso herirte... Ahora que tengo los recuerdos nuevamente...

–A mi hermano le debo mi vida como mortal y la de la joven a la que uso como mi vasija... Tanto a Apolo como a ti, joven Kenji – se giró lentamente hacia Kenji y acarició su mejilla – Debo admitirlo. Todavía posees la candidez que él tenía antes de...

 

Entonces la joven colapsó, cayendo desmayada en los brazos del joven rubio. Ryo y Reika recién estaban llegando. Durante el camino, la joven había aprovechado para explicarle lo que sucedió a su mejor amigo. Era obvio que tardó mucho en asimilar la noticia.

 

–¿Lina se encuentra bien, Ken-chan? – le preguntó su gemela.

–Sólo se desmayó... – Kenji la apoyó en las gradas y se sentó a su lado – Ella no es mala. Sólo estaba confundida por la ira y el despecho.

–¿Y qué hay de Apolo? – preguntó Ryo.

–Eso es lo que más me cuesta descifrar... Aún me sentía a mí mismo... como si fuera yo con recuerdos diferentes... Él no me estaba poseyendo.

 

Los otros dos jóvenes también se sentaron a lado de Kenji. Su gemela suspiró de alivio al saber que todo había terminado por ese día.

 

–Esto es increíble – Reika suspiró – Tú y yo somos dioses reencarnados y por el momento somos inútiles. Pronto vendrán más deidades a matarnos y aún no hemos descubierto el poder que recibimos.

–No debe ser tan grave como parece – Ryo se limpió los lentes – En otras épocas los mataron, pero ¿Eso implica que también ocurra en esta época? Yo confío en que saldrán adelante con la suerte que poseen.

–Eso espero, Ryo-chan – murmuró una desanimada Reika.

 

Kenji miró por un momento el blanco y recordó las palabras de Perséfone “Así que ella lo escondió aquí... que astuta. No por nada se ha ganado la reputación que tiene”. ¿A quién se estaba refiriendo?

 

La misma sombra que les acechaba siguió vigilando la situación. Su mirada se fijó en los tres dioses reencarnados, dos de ellos ya habían despertado ¿Qué era lo que seguía en la lista?

   

 

 

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