Deux Kratos: Pantheon
Vigésimo Quinto Acto: Hora de la Verdad
Misty y Lina habían programado una velada tranquila de Navidad en el departamento de las dos, con Roy, Yamato, los gemelos y Madison. Ese día también intentarían hacer que Perséfone hablara sobre los Cazadores Divinos.
Los planes habían sido coordinados por los dos Sacerdotes Olímpicos y Yamato, dejando a Lina de lado para que Perséfone no pudiera enterarse de nada. Era por eso que Perséfone, haciendo repercusión en Lina, provocaba una gran tensión en el ambiente, aunque Misty tratara de sobrellevarlo con su sonrisa prácticamente perenne.
Lina se la había pasado viendo televisión y alejada de la cocina, por petición general. Ella nunca había entendido porqué nadie quería que cocinara algo, aunque fuera poner arroz en la olla eléctrica.
–Pues... – Misty seguía risueña y tratando de animar a su compañera de piso – Míralo de ésta forma. Será una cena tradicional de mi familia y no me sentiría bien al hacerte trabajar, Lina.
–Ese no es motivo por el cual no haga algo – le dijo malhumorada.
–Ya llegarán los demás. Podrías hacerte cargo de la decoración – le dijo Misty «Al menos en eso podría tener un resultado no-letal»
Había llegado el 24 de diciembre. Para muchos en Japón, la Navidad era una época comercial; para el pequeño sector de católicos, tenía mucha importancia religiosa. Al final todos coincidían en que era una buena fecha para reunirse con la familia.
Los preparativos en las casas para la cena navideña tenían a toda la ciudad en actividad. Centros comerciales y mercados abarrotados de gente, muchos de ellos consiguiendo las cosas a última hora.
Kenji, Reika y Madison estaban ya en el departamento de Lina y Misty. Era el doble de grande del que tenían ellos, ya que ocupaba todo un piso. Contaba con tres habitaciones: una de Lina, la otra de Misty y la última era el cuarto de estudio con todo el material de investigación de los Flanagan. La cocina estaba impecable, por lo que Kenji y Reika deducían que Misty era la única que entraba ahí, tomando en cuenta el tiempo que conocían la capacidad culinaria de Lina.
–Muy bien. Ya está casi todo listo – les recibió la sonriente Misty, la cual estaba con las orejas largas y las alas semitransparentes en su espalda, sacando todo lo que parecía haber sido marinado la noche anterior – Me tomé la molestia de adelantarles un poco el trabajo. Lo que si necesitaré es que hagan un poco de ensalada de manzanas con nuez y un pastel de nata.
–No creí que tuviera tanto tiempo para hacer todo esto, Misty-san – comentó Reika, examinando el pavo.
–Ya es tradición y debe salir bien si es que vamos a comer tantos en la cena. Como decía mi padre: La Navidad es inolvidable gracias a la comida.
–Pensaba hacer unas cuantas cosas... – Kenji parecía desilusionado, ya que había llevado algunas recetas que guardaba.
Al abrir el refrigerador, Kenji y Reika parpadearon sorprendidos al ver todo lo que había avanzado Misty. Por otro lado, Lina estaba de mal humor en la sala.
–¿Y a ti qué te pasa? – preguntó Madison a su prima mayor.
–Ese idiota de Yamato... – fue lo único que murmuró.
Los mellizos y Madison se miraron con caras de interrogante y luego voltearon hacia Misty para pedir explicaciones.
–Fue una conversación telefónica algo breve... – procedió a explicar Misty, aún con su expresión cándida – Yamato llamó para decir que llegaría a las 6.00, y luego le dijo a Lina algo como “¿Cocinarás hoy?”. Ella respondió que no, y después él contestó con un “Entonces ya no llevaré el antiácido”. En aquel momento juré que íbamos a necesitar un teléfono nuevo.
–¿Por qué no me sorprendo? – comentó Reika irónicamente.
–Aunque no entiendo cuál es el problema con que Lina... – dijo Misty, pero se detuvo al ver la cara de enfermedad de los tres adolescentes.
–Un día lo descubrirás cuando no puedas cocinar – se limitó a responder Kenji.
–Sólo te agradecemos el habernos hecho caso a la advertencia que te hicimos – le comentó Madison.
–Con ustedes tres y Yamato, son ya cuatro peticiones de ese tipo que me hicieron llegar. Supongo que será por algo...
Las tareas que había dado Misty resultaron ser demasiado sencillas, ya que ella ya había preparado gran parte de la cena y sólo había que hornear. Lo único que tuvieron que hacer fue pelar verduras y doblar servilletas de papel.
–Misty-san... Sobre lo de los Cazadores Divinos... ¿Ha encontrado algo? – preguntó Kenji.
–Nada – dijo la sacerdotisa, negando con la cabeza – Lo único bueno es que ellos saben tanto de nosotros como nuestra Orden de ellos.
–Supongo que en cierta forma es bueno – murmuró Reika – Se suponía que le preguntarían a Perséf...
Misty le interrumpió con una fugaz mirada hacia Lina, la cual seguía viendo televisión y murmurando sobre Yamato (más que nada frases como “tonto Yamato”).
–Creo que eso será en otro momento – dijo la sonriente elfa.
–Creo entender – dijo Madison – De todas formas espero que Yamato tenga algo preparado.
–Confío en que sí. Supongo que será una sorpresa – sonrió Misty.
Kenji y Reika sabían que esas reacciones del ex de su prima eran algo alarmantes. Hablando justamente del Rey de Roma, el timbre del departamento sonó. Madison, la cual estaba más cerca de la puerta, fue a atender y, justamente, era Yamato con Cerbero. El perro negro, una vez dentro de la casa, comenzó a ladrar y mover la cola alegremente y sus otras dos cabezas se hicieron visibles. Se lanzó directamente hacia Kenji y comenzó a lamerle animadamente, ya que hacía mucho que no veía a los mellizos. Reika fue animadamente y abrazó al gran perro, frotándole la panza y las cabezas, recibiendo de él unos lengüetazos.
–¡Mucho tiempo sin verte, amigo! – dijo Reika.
Yamato fue donde Cerbero y le rascó la panza también.
–No te emociones mucho, Pequeño – le dijo su dueño – Guárdalo para después. Ahora... – fue buscando con la mirada por la sala hasta que vio a Lina en el sillón – Y como siempre iluminando la casa.
–Supongo que habrá tregua por navidad... – comentó ella.
–Si tú la quieres...
Los tres muchachos y la elfa dejaron de verlos, ya que no entendían el “idioma” que estaban usando ellos dos. Cerbero hizo un pequeño sonido a silbido y se acomodó enfrente de la televisión.
* * *
Tetsuo podía decir que le gustaba “medianamente” la Navidad. Aunque su abuelo estaba despierto y muy dispuesto a pasar bien las fiestas con él y Mizuki estaría con ellos ese día, habían ciertas cosas que no le agradaban del todo.
El abuelo Akiyama, inusualmente alegre y despierto en esa temporada, se dedicaba a cocinar la tradicional cena que siempre compartía con Tetsuo, mientras el muchacho recién llegaba a la cocina con el correo. Kidou Akiyama era un hombre muy viejo, delgado y de pelo blanco corto y un largo bigote igual de cano. Por las viejas medallas de guerra que descansaban en una vitrina de la sala, se sabía que el abuelo Akiyama había sido un veterano de cualquier guerra en la que Japón hubiera participado, viviendo cómodamente con su pensión y haciéndose cargo de su nieto (aunque él casi siempre estaba dormido y Tetsuo era quien debía de mantenerse alerta).
–No hay nada interesante... – dijo Tetsuo, aún revisando las cartas.
–¿Sólo cuentas? – preguntó el anciano – No es posible... Normalmente también recibo cupones y demás cosas.
–Nah, el resto es para ti – dijo al poner sobre la mesa los sobres.
El abuelo dejó lo que estaba haciendo en la cocina y se dispuso a ojear rápidamente cada uno de los sobres con sus lentes de media luna puestos. Se detuvo en una carta.
–Hay dos para ti, Tetsuo. Y creo que sabes quiénes te las mandan – le dijo su abuelo.
–No me interesa. Si quieres léelos tú. Apuesto a que es otra disculpa por no haber venido ¿De qué me sorprendo? Si ya es la décima carta de excusa que nos mandan por Navidad.
–Bueno... La dejaré en la mesa si es que te interesa darles una ojeada... – tomó una de las cartas, la cual sería de la madre de Tetsuo – Quizás un día quieran venir a darte unas cuantas palabras. Lo mínimo que podrían hacer, pero quién puede imponer la voluntad. En fin, sería bueno que vayas a buscar a tu amigo.
–¿Quieres presumirle los trofeos de guerra? – preguntó con los ánimos un poco más arriba – Yo mejor voy previniendo a Mizuki.
–Bah, muchacho sin cultura – le regañó también en pos de broma – Será mejor que también te sorprendas, porque hoy sacaré algo que no te he enseñado antes.
–No me digas que tienes un collar de orejas de chinos en tu baúl y no me he enterado todavía. Las habría encontrado por el olor a aburrido – dicho esto con algunas carcajadas, fue huyendo hacia el departamento de Mizuki mientras su abuelo le gritaba a cucharón sopero alzado.
–¡Tú no tienes remedio, Tetsuo! ¡En el futuro te arrepentirás de no tomarle interés a lo que tu abuelo trata de inculcarte! – después de rendirse de tanto griterío, el abuelo se calmó y suspiró resignado – Por ese chico es que tengo más canas de las que debería ¿Pero a quién le importa? Todo sería aburrido sin él.
Iba a regresar a la cocina, pero no se resistió a leer las cartas que Tetsuo había rechazado. Echó una ojeada a las dos primeras y las arrojó sin interés a un cajón abierto en el que estaban varias más como esas.
–Y la intuición de Tetsuo nunca falla sobre estas cosas... – suspiró su abuelo – No tiene la culpa de haber sido adoptado por ese par de irresponsables que son.
* * *
Por su parte, Sakura y su padre habían llegado a Kyoto después de un largo viaje en tren. Katsuya se veía tranquilo y de buen humor como siempre, pero Sakura estaba muy nerviosa por lo que iba a acontecer en su antigua casa. La última Navidad con su madre no le daba buenos recuerdos, ya que su ella había vuelto a insultar a su padre, e incluso le había llegado a arrojar un vaso de whisky por ebria, aunque él lo esquivara. Lo que más le molestaba era el hecho de que su padre no tenía ni una pizca de resentimiento contra ella y siempre parecía dispuesto a sonreírle.
Al llegar a la casa de su madre, antes también de Sakura y su padre, sabían que la bonita fachada era otra obra de la hermana mayor de Sakura. Una chica de grandes bucles rosas salió a recibirles y les dio un abrazo tal que casi asfixiaba a los recién llegados. Estaba muy arreglada y el vestido hasta las rodillas era de colores suaves y muy a la moda. Ella era Rumi, la hermana mayor de Sakura. Tenía 21 años y siempre daba la impresión de ser algo “calabaza”.
–¡Papi! ¡Sakura! ¡Qué bueno verlos! Estuve organizando todo para que la cena sea perfecta desde el inicio hasta el final. Ojalá les guste el decorado. Me dicen que es muy ostentoso, pero yo digo que para festejar hay que hacerlo en grande.
–Qué bueno verte, Rumi – dijo su feliz padre.
Sakura, además de seguir asfixiada con tanto abrazo, nunca había entablado conversación alguna con su hermana mayor y no iba a comenzar ahora. Rumi siempre vivía en su mundo y Sakura sabía muy bien que su hermana la oiría si sólo hablara de cosas que no le gustaban.
–En fin. Vamos adentro... Estoy terminando unas galletas. Deben estar cansados después del viaje. También tengo un lindo suéter que compré para Sakura, pero no me decidía por el color, así que compré los dos.
Mientras la muchacha iba alegremente hacia la cocina, Sakura se acercó sigilosamente a su padre y le susurró.
–Está muchísimo más atenta de lo normal. Eso debe significar que mamá está de peor humor que nunca, papá.
–Todo va a estar bien, Sakura – dijo sonriente – Ya sabemos que tu madre puede ser algo eufórica.
–“Eufórica” habría sido la última palabra que hubiera usado para definirla.
–Supera los problemas que tengan las dos... Es navidad, cariño.
Ella suspiró resignada, ya que no esperaría queja alguna de su padre, por más de que el holocausto se formara en Nochebuena.
* * *
Mientras Bruno escribía en un cuaderno de la escuela, Francis había revuelto toda la habitación que compartían ambos. Al terminar de desordenar su mitad, fue directo hacia la parte de Bruno y levantó la cama con el muchacho aún sentado en ella.
–¡Al menos pídeme que me levante! – reclamó el muchachito desde lo alto del colchón en brazos de Francis.
–No puedo encontrarla por ningún lado.
–¿Encontrar qué? ¿Tu cortesía? – preguntó aún malhumorado.
–Esa la dejé en el barco en el que vine – respondió Francis sarcásticamente – Lena no está y normalmente deja una nota cuando sale a sus mandados. No sé dónde la dejó.
–Pues obvio que aquí no está ¡Ahora bájame!
–No sé. Deberías agradecer que tienes una buena vista panorámica del cuarto – le respondió burlonamente.
–Te lo advierto...
La señora Hilde se sobresaltó al escuchar un gran estruendo proveniente el cuarto de los muchachos. Salió de su propia habitación y vio sorprendida el siguiente cuadro: La puerta del cuarto de los chicos en la pared opuesta del corredor y todos los muebles regados, como si hubiera pasado un tornado por ahí. Tanto Francis como Bruno estaban en el suelo por la golpiza que se habían dado al caerse.
–Veo que a los dos les queda mucha energía para esto... – dijo la jefa, tratando de contener su temperamento frente a los dos.
–No fue mi culpa. Yo le dije que no me provocara – dijo Bruno con un gracioso puchero en la cara.
–No. Lo que dijiste fue un “Te lo advierto”, pero nunca hablaste de provocar un cataclismo aquí.
–¡Me harté de los dos! ¡Ahora mismo arreglan lo que destrozaron! ¡Y será mejor que lo hagan en menos de una hora o los mudo a una jaula! – les gritó la mujer alemana con un aura muy amenazante, tanto que ambos se paralizaron e hicieron caso inmediatamente y sin protesta alguna.
Bruno fue a recoger la puerta, mientras Francis se encargaba de enderezar las dos camas. Antes de que Hilde pudiera irse nuevamente a su habitación, Francis le detuvo.
–¿Sabe dónde está Lena? – preguntó él a su jefa.
–Son asuntos de ella. Si quiere, te lo contará.
Cuando Hilde se retiró a su habitación, Francis se quedó parado en el pasillo con una actitud muy reflexiva sobre Lena. Recordaba que ella había estado muy extraña desde que vieron el comercial del circo en la televisión. Al meter la mano en un bolsillo, no esperó encontrar una liga de pelo violeta. Madison la había usado cuando se conocieron y ella había pasado la noche con él. La primera chica con la que había pasado momentos completamente inocentes y sin llegar a nada más. Se preguntaba cómo estaba ella, si Madison ya lo había olvidado, o peor... Si ahora lo odiaba.
–¡Deja de mirar al piso como autista! – le reclamó Bruno al echarle un cojín en la cabeza.
Al verse interrumpido por el chiquillo, Francis tomó el cojín y fue a ajustar cuentas.
* * *
No tardó mucho para que Roy Flanagan también llegara al departamento de su hermana. Se le veía trasnochado y sabían que él había estado dedicado completamente a investigar sobre los Cazadores Divinos.
–Ya casi tengo todo listo, Roy – le sonrió Misty a su hermano – Tú sólo descansa.
–Gracias Misty...
Roy inclinó la cabeza para saludar a los tres adolescentes. Cuando vio a Lina se paralizó brevemente, pero logró tomar compostura y logró hacer una reverencia muy elegante para saludarla. Yamato los miró con el ceño fruncido y Cerbero inclinó las tres cabezas hacia la derecha al observar aquel triángulo.
–Es un gusto verla, señorita Lina – dijo amablemente.
–Gracias, Roy. Igualmente – sonrió halagada ante los modales del caballero. Roy lucía su herencia británica admirablemente con los típicos modales.
Desde el sillón del costado, Yamato movía la boca en silencio y con una mueca de disgusto, como si estuviera remedando a Roy. Todos los ajenos a esa escena se reían de cada parte, más aún al fijarse en Yamato, mientras su mascota seguía viendo la televisión.
Durante la tarde habían preparado cada detalle necesario para la cena. Madison, Reika y Kenji estuvieron todo el tiempo pelando nueces y charlando sobre anécdotas de la familia con Misty, mientras que Roy y Yamato se intercambiaban miradas chispeantes, con Lina sentada entre los dos viendo distraídamente la televisión, al igual que Cerbero.
–Se están llevando mejor. Eso es reconfortante – comentó Misty con los muchachos.
Los tres se fijaron en Roy y Yamato, los cuales seguían mirándose seriamente, tanto que hasta las chispas parecían notarse.
–¿Eso es llevarse bien? – preguntó Madison.
–Entonces no me gustaría ver cómo es cuando están molestos el uno con el otro – comentó Reika.
–Y eso que es Navidad... – completó Kenji.
La tarde había transcurrido animadamente. Estaban tomando bebidas distintas como sake japonés, chocolate caliente o el tradicional ponche de huevo de América, una verdadera mezcla de la herencia familiar de cada uno de los presentes. Lina parecía igual que Cerbero, centrada en la televisión, pero, a diferencia del can, ella estaba muy seria. No parecía estar dispuesta a alegrarse en Nochebuena. Ni siquiera sus primos estaban acostumbrados a que Lina fuera tan seca.
–Seguramente Perséfone está ahí – comentó Kenji a su hermana.
–No sé... Pero para entonces ya le habría dicho algo bonito a Yamato – contestó Reika, aún poniéndole atención a su prima mayor.
–¿Tú crees que sepa lo que pretenden? Si es así, no esperaría que Flanagan-sensei y Misty-san puedan tener la colaboración de Perséfone.
–No contaría con eso. Conocemos a Yamato desde la secundaria y es el doble de astuto que Aoshi – dijo Reika con convicción – Te apuesto lo que quieras a que lo va a conseguir.
–También confío en Yamato – entonces Kenji se vio más pesimista – Pero no sabemos qué tanto lo sea Perséfone.
–Sería de temer sólo si comprobamos que tiene la suspicacia de Lina. Lina puede saber si alguien miente con sólo mirar.
–Como hace cinco años ella adivinó que fuiste tú la que hizo jirones su vestido y tú querías encubrirte diciendo que Ryo había llevado un gato a la casa.
–En fin... Quizás Perséfone no sea tan paranoica como Lina.
–No se preocupen... No va a salir todavía – la voz de su prima mayor los sobresaltó, ya que ella se había situado detrás de ellos sin haberse dado cuenta. Lina le estiró una mejilla a Reika – A ver si me dices paranoica de nuevo.
–Definitivamente eres tú, Lina – rió Kenji.
–Bueno. De todas maneras estaremos tranquilos unas horas más – respondió ella al soltarle la mejilla a su prima.
–¿Cómo puedes saberlo? – preguntaron los gemelos a la vez.
–La persuadí de que no iba a haber nada interesante hasta la medianoche. Y, para asegurarme, bloqueé la conexión.
–Un momento... – Reika la miró acusadoramente – Si Perséfone ha estado dentro de tu cabeza y sin saber nada desde la mañana ¿Por qué has estado aislada y amargada todo este rato? ¿Qué hacías si no estabas frustrada por el asunto?
–Sí, Lina... Estábamos comenzando a preocuparnos por ti – comentó Kenji.
–Primero esos dos me están volviendo loca – señaló hacia Yamato y Roy, los cuales seguían mirándose con desagrado – Y además me acabo de enterar de que todos ustedes no han querido que ni me acerque a la cocina ¿Y eso a qué se debe?
Los dos rieron nerviosamente y comenzaron a mirar el techo.
–Creo que hace un poco de frío – dijo Reika.
–Hay que subir la calefacción... – dicho esto, Kenji fue hasta el regulador de temperatura, mientras Reika iba por chocolate a la cocina, dejando a Lina completamente perpleja.
–¡¿Por qué no me dan una respuesta directa?! – reclamó Lina.
* * *
«... Y después de la pausa comercial, les tendremos listo un interesante reportaje sobre el nuevo Atrio de Cedros, abierto al público en general a partir del próximo lunes...»
Ninguna persona en esa cafetería prestaba atención al televisor. Era una de esas estaciones a poquísimas millas de Tokio, la cual contaba con una gasolinera, una estaión de buses interprovinciales y una sencilla pero acogedora cafetería. Normalmente era frecuentada por unos cuantos viajeros de carreteras: motociclistas errantes, camioneros y algunos viajeros que esperaban al bus de la tarde y, entre todos ellos, los tres cazadores divinos. Los tres estaban ataviados con ropas de civiles, ya que no querían llamar la atención y cada uno con el menú del día.
–¿Le sirvo más café, guapo? – le preguntó a Minos una camarera cuarentona e inexpresiva.
–Sí, gracias – contestó sonriente. El oriental llevaba puesta una gruesa casaca sintética azul oscura, jeans negros y lentes oscuros que podían disimular medianamente la cicatriz de su ojo izquierdo. Su cabello negro, corto y rebelde, se movía ligeramente por la brisa tibia de la calefacción del local. Al mover un poco la manga, se vio un espacio de su muñeca derecha con algunas cicatrices de muchos años. Se podía deducir que el resto del brazo, y quizás más partes de su cuerpo cubiertas completamente por ropa, presentarían las mismas huellas.
Antíope le miraba intrigada por tanta tranquilidad de su parte. Ella estaba usando una falda de mezclilla muy larga, un suéter grueso y holgado de lana anaranjada y un sombrero de lana beige sobre su cabello corto castaño, el cual se levantaba fuera de éste. Luc parecía estar acostumbrado, ya que tomaba el café con tranquilidad. El francés estaba usando un chaleco negro sobre una camisa blanca rayada algo vieja, una bufanda gris y pantalones negros gastados, se notaba que llevaba dos días sin afeitar por la presencia del pequeño vello facial y la cola oscura seguía firmemente atada tras su nuca.
La gente no les ponía atención, a pesar de que fueran prácticamente los únicos en el local (sin contar a la mesera vieja, al cocinero y a un par de camioneros); mas bien porque daban la impresión de ser vagabundos al ostentar vestuario tan maltratado y viejo.
–Qué pena que Haytham no estuvo en condiciones para comer con nosotros ¿En serio estaba tan mal cuando lo trajiste, Luc? – preguntó Minos.
–A penas llegamos al aeropuerto, no se sintió nada bien y lo envié a la casona... – respondió el francés – Pero creo que nos terminará sorprendiendo.
–Suele hacerlo de alguna manera... – rió el otro.
–¿El tal Haytham es con el que ibas a llegar hoy? – preguntó Antíope.
–Sí. Él mismo... Aunque debo advertirte de antemano que él es un poco... difícil de tratar – le comentó Luc.
–Pero posiblemente puedas llevarte bien con él – sonrió Minos – Seguro que le habría gustado participar hoy día en la misión.
–Siempre me he preguntado por qué siempre andas sonriendo, aún cuando sabes que la próxima misión te podría costar el cuello. – dijo la mercenaria con interés a su socio oriental.
–Nunca había pensado en eso – dijo Minos cándidamente – Pero podría tenerlo en cuenta para cuando terminemos de comer.
–Son ya siete años de trabajo sin dudar. Creo que ya se hizo costumbre – comentó Luc, el cual sopló el vapor de su café.
–Creo que nuestros trabajos no son tan distintos después de todo... – dijo ella – Aún cuando sé que hoy día tendremos mucho movimiento.
–En fin. Gajes del oficio – al acabar lo que quedaba de la taza, Minos se levantó de su silla y dejó el dinero por los tres – Ya podemos volver a Tokio.
–¿No íbamos a esperar a alguien por acá? ¿Entonces para qué salimos de la ciudad? – preguntó Antíope.
–Siempre me gustó la comida de aquí – respondió sonriente – En Tokio podremos ver los cedros.
Antíope y Luc no lo entendieron, pero igual lo siguieron hasta la puerta de salida.
* * *
–Goro no me ha llamado... – murmuró Kenji para sí mismo, sentado en la alfombra de la sala. Estaba algo decepcionado, ya que esperaba desearle una feliz navidad a Hanajima – Quizás él ande ocupado con sus asuntos. Si no está ocupado con sus negocios, debe de estarlo con el asunto de la mitología ¿No lo crees así?
Cerbero, el único con él en la sala, meneó la cabeza y emitió un pequeño ruido, parecido a un silbido. La cabeza de la izquierda bostezó y las otras dos seguían mirando a la reencarnación de Apolo.
–También qué hago aburriéndote con eso. Sé que no es algo que te interese, pero pensé que podría contártelo sin que me dijeras que era tonto darle importancia a alguien que no está directamente vinculado conmigo. Fuera del hecho de que él haya sido Poseidón, realmente me siento a gusto con él, porque puede que Goro parezca frío, pero conmigo no es así.
De repente recordó las dos últimas ocasiones en las que había visto a Goro. Cuando el cazador divino había tratado de llevárselo, Goro había reaccionado muy mal al mencionar a los Flanagan. El cofre de Pandora le dio más preocupaciones, ¿Qué haría él con una caja con dos demonios?
–¡Oye, Kenji! ¡Ya vamos a cenar! – le llamó Reika desde el comedor.
Kenji se levantó de la alfombra e invitó a Cerbero a acompañarlo.
–Me preocupo mucho. Supongo que la amistad que hay entre Goro y yo no lo entendería ni Reika. Que quede como nuestro secreto, Cerbero.
El perro ladró con las tres cabezas como señal afirmativa.
Ya todos estaban a la mesa. La mesa era de cristal oscuro, circular y con sillas para ocho personas (uno en los dos extremos cortos y tres por cada lado). Una de las sillas estaba vacía, ya que no habían invitado a nadie más. Misty ocupaba el asiento cercano a la cocina, a su derecha estaba Roy. Lina estaba justo entre Yamato y Roy, los cuales seguían mirándose hostilmente. Al costado de Yamato estaba Reika, seguida de Kenji, mientras Madion había pensado en extender la octava silla para que Cerbero se subiera a ella. Lejos de incomodar, Misty lo encontró muy gracioso y también puso los tres platos para el perro.
En el centro de la mesa había un gran pavo al horno, la ensalada de manzanas, nuez y patatas, puré, salsa y champaña. Realmente Misty se había lucido con aquel banquete.
–Antes quisiera proponer un brindis – interrumpió Yamato, con la copa de champaña a la mano – Porque todos estamos reunidos aquí.
Todos le pusieron atención, en especial Lina, la cual tenía una cara muy confundida.
–Especialmente porque seguimos vivos después de tantos problemas – Yamato miró a Kenji y Reika, y éstos dos se rieron – Y porque a partir de ahora procuraré ayudarlos a todos. He llegado a apreciarlos a todos ustedes – Roy bufó irónico, pero Yamato prosiguió – Y los protegería con mi vida, aunque fuera uno de esos Cazadores Divinos.
Todos alzaron las copas y Yamato miró hacia Lina, como si estuviera esperando una reacción de Perséfone, pero lo que obtuvo fue una mirada que decía “Eres un idiota”.
–¿Ese fue el gran discurso? – susurró Reika a su hermano.
–Supongo que él sabe lo que hace – dijo Madison muy divertida.
–Es del tipo de cosas que acostumbra – rió Kenji.
–Aunque fue lindo de tu parte, Yamato – le comentó Misty.
–¿Acaso piensa que Perséfone se va a convencer con tal palabrerío? – murmuró Roy para sí mismo.
–¿Es cierto eso de que me protegerás, Yamato? – dijo de repente Lina.
La manera en la que ella lo miraba con sus ojos verdes indicaba que Perséfone había salido.
–Claro... Te protegeré de lo que sea, así que no deberías temer, Perséfone.
–Me siento más tranquila al saber que te tendré a mi lado, amor.
Roy, Reika, Kenji, Madison y Cerbero se quedaron boquiabiertos, mientras que Misty era la única tranquila, sirviendo el pavo en cada plato con la mayor normalidad del mundo.
–Así es... No temas – Yamato le tomó las manos la miró a los ojos – Necesitamos que nos digas lo que sabes sobre esos sujetos que te torturaron antes. Nos encargaremos de ellos, pero para eso necesito que nos ayudes.
Ella dudó. En ese momento sólo veía a Yamato, ignorando la presencia de todos los demás. Cerbero emitió un ruido parecido a un silbido, mientras que Reika y Madison se acodaban para ver mejor la escena romántica. Kenji alternó su atención entre la pareja y Roy, el cual estaba mirándolos de reojo con una ceja alzada.
–Ellos... No deben ser subestimados. Conocen métodos para combatir a la par con cualquiera de nosotros... – dijo Perséfone casi en un susurro – Lo que los hace tan peligrosos es que nunca sabes cómo atacarán porque todos ellos son muy distintos. Ninguno usa el mismo método de captura que otro.
No entendieron a qué se refería ella con “distintos” ¿Eso significaba que no tendrían posibilidades de hacerles frente?
–¿Qué es lo que hacen al capturar a un dios? – le preguntó Yamato.
–Experimentan con uno hasta que no se le pueda extraer nada más... No comprendían que estábamos indefensos como los humanos sin nuestros poderes ni la inmortalidad... Intentan alcanzar aquella manía que tiene el hombre por desafiar a un dios.
* * *
Había vagado cerca de una semana por las frías calles, pero era necesario si no quería ser encontrada. Anduvo hasta llegar a una cerca grande y se fijó en los cedros que se alzaban desde el interior de aquella reserva. Supuso que nadie la encontraría ahí, por lo que hizo que una raíz partiera la cerca por ella.
Se internó en el bosque de cedros y buscó algún lugar en el cual resguardarse del frío, pero puso atención al ruido de las ramas al viento. Se acercó lentamente a uno de los árboles y tocó su corteza áspera. Fue entonces cuando se dio cuenta de que no estaba sola. No podía seguir huyendo.
–Buenas noches, señorita Démeter – le saludó Minos desde una rama.