Deux Kratos: Pantheon
Vigésimo Noveno Acto:
–¡Emi! Dile a tu hermano que venga a comer rápido – le dijo su mamá desde la cocina.
–Se lo dije hace media hora, kaa-san...
–Pues dile de nuevo.
La niña fue a la habitación de su hermano mayor y le tocó la puerta.
–Aniki... Ya sal. Maaya-chan no va a atracar contigo por más que le insistas – le dijo la chica, pero no recibió respuesta – No me obligues a entrar mientras haces algo vergonzoso.
Aún así no hubo respuesta. Emi se hartó y le dio una buena patada a la puerta, lo cual la tumbó al suelo. El estruendo hizo que Aoshi, estando con un pie fuera de la ventana de su habitación, volteara a verla helado.
–¡¿Qué crees que haces, aniki?! ¡Kaa-san, Aoshi quiere saltar por la ventana! – rápidamente fue interrumpida cuando su hermano mayor le tapó la boca frenéticamente.
–¡No pasa nada, kaa-san! ¡Ya voy a comer! – se apresuró a responder Aoshi, y luego le susurró a su hermana – No es lo que piensas, Emi. No me estoy suicidando.
La niña se zafó del agarre de su hermano y trató de recuperarse del sobresalto.
–¡Vivimos en un tercer piso! ¡¿Cómo crees que me voy a poner?! ¡¿Acaso tú saltas esa altura?!
–Bueno, ahora sí puedo... – murmuró para sí mismo, pero se dio cuenta de lo que dijo y se corrigió frente a Emi – No, no... Es que tengo que hablar algo muy importante con alguien y no se me ocurrió otra mejor cosa que trepar por la enredadera del costado. Está muy alta y llega hasta acá.
–Aún así estás loco, aniki. No veo por qué tenías que salir por la ventana de tu cuarto en lugar de hacerlo como la gente normal ¿Es porque mamá te preguntaría adónde vas y ese es un lugar indebido?
–Eres demasiado perspicaz... En fin. Ya voy, Emi.
–Aniki... – incluso ella se quedó impactada al notar la anomalía más grande, además de la de hacía un momento: No le puso apodos – ¿Te sientes bien?
–Realmente no... Supongo que es por ese lado basura de mi carácter...
Emi trató de analizar la situación y, sin pensarlo, le preguntó:
–Aniki, ¿Tiene que ver con Kenji-kun y los demás?
–¿Qué te hace pensar eso?
–Es que... ¿De qué hablaste con la rubia que vino hace tiempo?
–Así que estabas escuchando...
–No lo evité. Tampoco voy a poder sacártelo, así que dime sólo que no es nada peligroso y que no lo vas a hacer.
Aoshi, en lugar de responderle, trató de sonreír, pero en lugar de eso se dibujó una mueca.
–¡No seas así! ¡Deja de guardarte las cosas porque haces que me sienta peor! Hay algo que también involucra a Kenji-kun y no quiero que ninguno de los dos se haga daño. Él es uno de tus mejores amigos – le gritó Emi.
–No voy a hacerle nada... Es más. Es hora de que haga algo sobre todo este problema. Y a eso me dirigía en primer lugar – antes de llegar a la sala, Aoshi le dijo – Finge que te llamé “Rata” cuando lleguemos donde nuestros viejos. Prefiero que me reprendan por eso a que me pregunten si ando bien psicológicamente o algo por el estilo.
Por más que Emi le preguntara, Aoshi no le iba a explicar nada. Y era de suponerse que ni Tetsuo sabía algo al respecto.
–Ah, una cosa más... – Aoshi miró nuevamente hacia su habitación, específicamente hacia la puerta derribada – El tennis te está dando fuerza en las piernas, pero a los chicos no les gustan las chicas machonas como tú. Van a tener miedo de que los mandes al hospital.
Emi se alegró de que Aoshi ya hubiera vuelto a ser el mismo, pero también reaccionó instintivamente por la burla y le anotó una buena patada a la cabeza. Aunque Aoshi actuara con normalidad, Emi se decidió a mantener a su hermano bajo vigilancia.
* * *
En la vieja casa que servía como guarida de los Cazadores Divinos, Minos estuvo vigilando constantemente a su nueva prisionera. Ceres, desde que había vuelto en sí, no había puesto resistencia alguna al considerarlo inútil, por lo que había estado sentada junto a la ventana de la habitación, mirando ininterrumpidamente al exterior día gris. Se le veía, aunque débil, igual de altiva siendo la diosa griega que representaba.
Minos dejó la comida en una mesa y, antes de que se marchara, Ceres había comenzado a hablar en voz suave.
–¿Por qué tu jardín está muerto? – preguntó ella, observando vagamente hacia las plantas secas y la poca nieve del exterior.
–Vaya... No esperaba que sus primeras palabras hacia mí fueran precisamente esas, aunque no es nada del otro mundo – respondió de buen humor, frotándose la nuca con su mano izquierda.
–Para ser invierno es demasiado gris. No contestaste mi pregunta.
–Es conveniente para que no puedas escapar ni usar tus habilidades. Aunque el lugar estuvo abandonado desde hace más de 10 años ¿Qué te hace pensar que es “mi” jardín?
Ceres volteó a verlo por primera vez, con el rostro cansado y aburrido.
–Cuando uno está en casa propia, se mueve diferente. Además... El ambiente está impregnado de tu presencia, como si lo hubieras habitado desde antes.
–Bueno... Me imagino que dejo nostalgia a donde voy – rió despreocupadamente, subiendo sus lentes oscuros por el puente.
–No me sorprendería de un asesino como tú. Para llegar al sitio en el que estás, debiste haber hecho muchísimo mérito para ellos.
Los dos se miraron largo rato hasta que Minos reaccionó rápidamente y detuvo un proyectil antes de que impactara contra la diosa. Miró el dardo de madera y los detalles minúsculos en él y lo soltó dentro de su bolsillo.
–Creí que habías salido – dijo el cazador sin mirar atrás. Antíope estaba apoyada en el marco de la puerta con los brazos cruzados. Era evidente que el dardo era de ella.
–Lo siento. No pude contenerme cuando te hablaban de esa manera – aunque se disculpara, Antíope lucía más divertida – Además, eso sólo iba a ponerla a dormir.
–No me faltó el respeto. Pero gracias por el detalle – le sonrió impasible.
Ceres no le dio importancia a lo que había ocurrido y volvió a mirar hacia la ventana. Cuando Minos estaba caminando por el pasillo, Antíope lo siguió de cerca.
–¿Cómo sabes que puedes dejarla sola en ese cuarto? – le preguntó aún desconfiada.
–No hay plantas vivas en toda el área y está muy débil para salir por la ventana. Aún si intentara salir por cualquier medio, dudo mucho que logre llegar a la salida de la casa.
–¿Tienen que ver esas marcas que colocó el árabe en los marcos de las puertas? – observó los grabados en griego en los marcos de las puertas.
–Haytham-kun es muy hábil en lo que hace. Despreocúpate y vas a ver que es un buen sujeto cuando lo conozcas mejor.
–Conocerse entre nosotros es una pérdida de tiempo – sorpresivamente, el susodicho apareció de quién sabe dónde, colocado justo detrás de los dos, de brazos cruzados.
Aunque Antíope fue la única que saltó del susto, Minos sólo le sonrió como era habitual, por lo que parecía acostumbrado a esas intromisiones. Antíope ya lo había tratado lo suficiente y podía decir que ese árabe terrorista no era de su agrado.
–Terminé de colocar el último sello. Estaré enviando reportes a la central, superior Minos.
–Aún tenemos tiempo, Haytham-kun – respondió Minos con tranquilidad – Podrías disfrutar del primer día del año nuevo con calma y Tokio es una ciudad muy activa.
–Olvídelo. Pasar de incógnitos en la ciudad es lo primordial y anteponer un pequeño relajo arriesgaría a toda la organización – respondió tomando con mucha seriedad su trabajo – Los Sacerdotes Olímpicos deben estar alarmados con nuestra última misión exitosa y estarían pendientes en cada rincón insospechado. Usted mejor que nadie debe de saberlo, superior Minos.
–Ah, mira. No es nada del otro mundo. Aunque no niego que es un argumento irrefutable. De todas maneras te doy el día libre. Si quieres puedes seguir trabajando en los detalles que tengas pendientes.
–Con permiso, superior.
Cuando Mahdi se retiró, Antíope por fin soltó su respiración.
–Menos mal. No me agrada ese terrorista.
–No seas cruel, Antíope. Está acostumbrado al estilo de vida militar desde que ingresó a la organización. Y encasillar a los iraquíes de “terroristas” forma parte del estereotipo cultural ¿No te desagrada el racismo?
–Eso no entra al tema. Además, si fuera racista, no habría aceptado trabajar para ti – contestó vacilante mientras miraba al piso con un poco de vergüenza.
–Entonces ya nos entendemos – respondió alegremente – Voy a ver a Luc. Tú también tienes el día libre.
Antes de irse, Minos le hizo otra aclaración rápida.
–Si Haytham-kun no te cae como persona, te va a agradar como profesional. Sé lo que te digo.
Viéndolo alejarse, Antíope soltó un suspiro y lo miraba como si no tuviera remedio.
–Esa actitud se parece a la del sujeto del que se enamoró mi madre. Si no fuera así de relajado, ni le haría caso – dijo para sí misma, aún mirando hacia dónde se había ido el japonés, y luego dio un pequeño golpe en la palma de su otra mano – Me pregunto qué tal estará Madison. Creo que podré ir a echarle un vistazo...
–De ninguna manera – Haytham apareció nuevamente frente a ella, cruzado de brazos y mirándola con ojos punzantes – Escuchaste cuando hablé de los riesgos de salir. Y si estamos hablando de seguir a tu hermana, rodeada de dioses y sacerdotes olímpicos, eso aumentaría el por qué no deberá hacerlo.
–¡¿No tienes nada mejor que hacer por aquí?!
–Aseguraba el perímetro y no evité escucharte monologar.
Antíope sentía cómo se molestaba más con ese sujeto. Era demasiado irritante con esa actitud de querer verse interesante y, según ella, muy aburrido como para mantener una conversación, aunque fuera sobre trabajo. Lo suficiente como para sacarla de sus casillas.
–Mi contrato no incluye la convivencia con éste sujeto – murmuró ella antes de retirarse.
–El mío tampoco – murmuró el otro en respuesta.
* * *
Hacía mucho frío para salir de la cama. Pero aún así había que levantarse muy temprano para la primera mañana del nuevo año. Adelantándose con ese propósito, Cerbero comenzó a lengüetear con sus tres hocicos la cara de su dueño, el cual trató de quitárselo de encima con mucha dificultad. Su mascota estaba cada día más grande pero igual de juguetón.
–Ya, ya. Feliz año nuevo, grandote – le dijo pasándose la mano por la cara mojada.
Le acarició cada cabeza y, aún medio somnoliento, se dirigió al baño a lavarse la cara. Justo cuando se había metido a la ducha y estaba a la mitad de su baño, el timbre sonó intermitentemente.
–¡Abre la puerta si es un conocido, Cerbero! – le indicó desde la regadera.
Cerbero ladró afirmativamente y se dirigió a la puerta. Después de olfatear a través de la rejilla del correo, identificó al invitado y le dejó pasar. Se trataba de Lina, la cual estaba demasiado seria. Sus mejillas estaban muy rojas por el frío de afuera y, por la manera en la que respiraba, había emprendido carrera a toda velocidad para llegar.
–¿Dónde está? – dijo ella con exaltación.
–¿Qué pasa? ¿Dónde es el incendio? – Yamato se asomó aún mojado. Estaba en toalla y el cabello goteando sobre sus hombros.
–Contigo quería hablar, Yamato.
–Feliz año, Lina ¿Ahora qué hice?
–Verás... No es para regañarte ésta vez – Lina bajó la mirada y se calmó un poco más – Quería que trataras de hablar con Perséfone. Aún sigue mal desde lo que pasó en navidad... Y me preocupa más porque no ha salido desde que... me tuviste que golpear, tonto – esto último lo dijo con más molestia.
–Hey, lo siento. No se me ocurrió algo más. Si no lo hacía, tal vez todo iba a explotar alrededor...
–Ya no importa. La llamaré...
–¡Oye, espera a que me vista! – le detuvo apresuradamente.
Lina entonces reparó en ese detalle que había pasado por alto al entrar. No era como si no hubiera visto a Yamato desnudo antes, pero las cosas cambiaban por dos razones: Hacía mucho que ya no eran pareja y, lo que más le irritaría, sería darle motivos a Perséfone.
La muchacha enrojeció completamente y se volteó avergonzada después de lanzarle todos los cojines de la sala.
–¡No tienes vergüenza, desgraciado! ¡Ve a ponerte algo!
–No tienes que ponerte así – respondió al esquivar el último adorno de mesa – Aunque no es nada que no hayas visto antes.
–Eso fue antes y estamos hablando de ahora.
Después de que Yamato se vistiera completamente, Lina se concentró para llamar a la diosa dentro de su cuerpo. Cerbero se quedó sobre el sofá, al costado de su dueño, mientras jugaba con un muñeco de goma con la forma de un cerdito rosado muy redondo.
–¿Y bien? – preguntó Yamato al ver que Lina estaba demorando.
–Ahora sí estoy preocupada... – respondió Lina – No sale. Es como si se hubiera encerrado en algún sitio.
–¿Has intentado todo?
–Sí. Hace cinco días que no he sabido si Perséfone salió. Misty no me ha dicho nada sobre eso. Creí que se incentivaría si te percibía cerca...
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Los dos se quedaron pensativos. Ese era indicio de que algo de importancia estaba ocurriendo ¿Ese shock sería más grave de lo que imaginaban? Lina vio a un cuervo pasando detrás de Yamato, pero en lugar de sorprenderse, le dio un golpe en la cabeza al castaño.
–Creí haberte dicho que te controlaras – le reclamó ella, por lo que el cuervo se desvaneció produciendo un “Pop!”.
–Es que no se me ocurría nada – Yamato se rió de aquel cliché de dibujos al frotarse la nuca – Las onomatopeyas y clichés son inevitables...
–Hablo en serio. Si se te llega a escapar alguna manifestación de poderes en público, va a ser peor. Yo estoy haciendo muchísimo esfuerzo para controlar mi fuerza, y no es nada sencillo. Si quieres podría ayudarte con el entrenamiento físico...
–Etto... Creo que mejor le pediré consejo a Misty. Gracias por el ofrecimiento, Lina... creo... – ni aunque fuera asunto de vida o muerte, no estaba tan loco como para someterse a uno de esos entrenamientos espartanos de su ex novia.
Lina intuyó que Yamato era otro que le rehuía a lo que debía hacer ¿Cuándo aprendería el resto que simplemente era estricta para obtener resultados? ¿Qué tenía de malo correr con pesos o nadar desde mar adentro a la orilla? Para ella, los demás eran unos miedosos.
–En ese caso, creo que estoy de acuerdo contigo – acordó ella – Pero si tenemos que hallar una solución, debe ser ya mismo.
–Bueno. No hay otra solución. Vamos ya mismo – Yamato se levantó animadamente y llamó a su perro – Tú vienes con nosotros, muchacho.
Cerbero ladró afirmativamente y sus dos cabezas laterales se desvanecieron. El can fue al perchero de su correa y se la alcanzó a su dueño.
–Viendo cómo lo adiestraste, me imagino que tienes muchísimo tiempo libre – comentó Lina.
–Tengo la ventaja de que es un chico muy listo ¿Naa, Cerbero?
Lina siempre recordó que Yamato tenía una gran afinidad hacia los animales. Tal vez una de las cosas que más le agradaban de él y lo que hacía que ella aún le tuviera algo de cariño muy en el fondo.
* * *
–Pues está muy difícil – murmuró Roy mientras veía sus apuntes y libros – No hay nada registrado en el historial de la Orden sobre este caso.
–No entiendo por qué vinimos – rezongó Yamato, sentado sobre una de las rumas de libros de la habitación – No me comentaste de esto en tus planes, Lina.
–No tenías que venir tú también – respondió seriamente el sacerdote olímpico.
Misty y Lina estaban sentadas en el sofá que estaba al costado del escritorio de Roy Flanagan, poniendo mucha atención a cualquier observación que pudiera realizar. Cerbero, por su lado, no dejaba de mirar el ambiente que habían generado los dos. Una cabeza miraba hacia Yamato, la otra hacia Roy y la del centro observaba las chispas de rivalidad entre los ojos de ambos.
Debido a que Misty no tenía claro qué podían hacer, habían decidido ir al ático en el que se hospedaba Roy y consultar con él los archivos de la Orden de los Sacerdotes.
El lugar, aunque espacioso, estaba lleno de estanterías repletas de libros y manuscritos con la letra del primogénito de los Flanagan, las cuales cumplían la función de paredes entre la cama y el resto del ambiente. También había papeles, cajas y libros en el piso y debajo de los asientos. Algunos eran obras literarias en inglés, otros eran los libros de la Orden, mientras Yamato se había sentado sobre el gran diccionario de japonés-inglés que tenía Roy. Además de los libros, el escritorio, el sofá y la cama, de los pocos objetos que no eran libros estaba un baúl donde guardaba la poca ropa que traía consigo desde Inglaterra y, con las justas, una jarra eléctrica, sobres de té y una taza. Con un ambiente así, ya se explicaban por qué Misty vivía con Lina en lugar que con su hermano mayor.
Roy, aunque seguía con ganas de continuar el duelo de miradas contra Yamato, recordó que tenía a Lina y Misty pendientes de él, por lo que trató de contener a su niño interno y tosió para romper la tensión.
–Bien, pues me imagino que querrán mi opinión sobre el asunto de Perséfone-sama – respondió evitando mirar a Lina, ligeramente sonrojado, pero pronto volvió a su perfil crítico – Pienso que, aunque el alma de Perséfone-sama comparta el cuerpo con la señorita Lina, hay ciertas zonas de su mente que podría estar dominando. Un ejemplo, serían las zonas del cerebro que una persona no usa de manera consciente.
–¿Entonces piensas que Perséfone se hizo una fortaleza en algún rincón de la mente de Lina? – Yamato no se veía muy convencido, pero se notaba su interés en el asunto.
–Eso sería en teoría, pero aún tengo mis dudas al respecto. Desgraciadamente, así no puedo sacar una posible solución a este problema. Discúlpeme por eso, señorita Lina.
–No te disculpes. Me imaginé que también iba a ser complicado para ti – respondió ella muy amablemente – Al menos me ayudaste a encontrar una posible causa, lo cual es mucho de por sí, Roy.
–N-no tiene que agradecérmelo, señorita Lina – miró nuevamente a sus apuntes, aún con la cara roja.
Misty se rió bajito, especialmente al notar que Lina era la única que no parecía darse cuenta. Yamato remedaba a Roy moviendo la boca y sin emitir sonido alguno, y a Cerbero no le quedó otra que bufar resignado a todo.
–En todo caso, escribiré a la Orden para que el Consejo Central nos dé ayuda con el caso de Lina-san.
–Quizás puedan... Pero hay algo sobre lo que no estoy muy convencido aún... – murmuró Yamato para sí mismo, mirando fijamente a Lina.
* * *
Después de preparar un café, se abrigó bien y salió de la casa sin hacer ruido, por lo que atravesó la puerta sin abrirla. Al escucharla algunos pasos lejos, Bruno salió de su escondite detrás de la pared, ya habiéndola espiado desde muy temprano. El niño fue presuroso hacia su compañero de cuarto, el cual estaba aún durmiendo plácidamente.
–Francis, despierta – le llamó Bruno, moviéndolo de un hombro.
–No me llames si no eres la muerte... – murmuró aún con sueño y con el brazo sobre los ojos.
–Tú mismo dijiste que te despertara para seguir a Lena.
–Sí, sí... Ya sé... – Francis se levantó con desgano.
* * *
Psique se preparó para salir de su camerino e ir a la reunión de todos los miembros del circo. Aún estaba muy preocupada por la lectura de cartas que le había hecho a Lena. No estaba de más averiguar todo lo que pudiera sobre la nueva vida que estaba llevando su amiga de infancia. Al mirarse al espejo, ella misma no podía creer que habían pasado ocho años desde que había realizado su primera función con Lena Ivanovich.
Cuando Psique tenía doce años, había ingresado a la familia del circo una pequeña rubia de ocho años, la cual se había entrenado especialmente para actuar en el trapecio y podía equiparar a la habilidad actual de Miguel. Psique recordaba que Lena siempre había sido una prodigio en todos sus aspectos, en especial para aprender rápidamente los idiomas de las ciudades que visitaban.
No era de extrañarse cuando aquella mujer alemana la descubriera al cumplir los catorce años y se la llevara. Desde entonces Lena no había mantenido contacto alguno con ella. Sin tener que leerle la suerte, Psique siempre percibió que Lena estaba destinada a ser alguien muy importante, pero que también le acarrearía problemas ¿Sería por eso que se alejó? ¿Por qué se volvían a ver dos años después en Japón?
Mientras se formulaba las posibles soluciones a las nuevas interrogantes sobre Lena, se cruzó en el camino con Miguel. El muchacho se veía bastante conmocionado e indicó con señas a la gitana para ir a un rincón solitario.
–¿Sucede algo, Miguel? – le preguntó la gitana.
–Me han pasado unas cosas muy raras... – respondió al mirar sus manos por décima vez en el día.
–No creo que sea nada fuera de lo normal. Ahora que lo recuerdo... – Psique le miró con reproche – Hoy tenemos doble entrenamiento. Aún te falta mucho para suplir a Rolf en el número de los lanzamientos.
–Verás... hablando de cuchillos, hay un pequeño asunto que tengo que comentarte sobre eso...
–Ya habrá tiempo para eso, Miguel. El director se va a molestar si llegamos tarde... – Psique se adelantó y Miguel se dio cuenta cuando ella ya estuvo casi siete metros alejada de él.
–¡Oye, espera!
Cuando alzó la mano para alcanzarla, una flecha dorada salió de su manga y cortó unos cuántos cabellos a Psique. Psique se quedó paralizada cuando el proyectil fue a parar al árbol que estaba en frente suyo.
–¿No tienes un seguro en esas cosas? – le reclamó ella.
–Eso es lo que trataba de decirte – Miguel se remangó y le mostró su brazo limpio – No tengo nada que lance cosas así.
Psique se le quedó mirando y llegó a su mente aquella rara sensación de cuando vio a Lena la última vez.
* * *
Aoshi seguía tranquilamente dormido después de la cena de Año Nuevo. La mitad de la madrugada había estado pensando en cómo hablar con los muchachos sobre el asunto de Lena y la otra mitad había sido empleada para reparar la puerta que Emi le derribara. Su conciencia no lo iba a dejar en paz hasta que se lo sacara del pecho.
Había llegado a dormirse a las 4.00 de la madrugada y a las 11.00 ya estaba en lo mejor de su sueño, muy abrazado a la almohada, cuando...
–¡Aquí está! – Lina derribó de una buena patada la puerta que Aoshi había reparado unas horas atrás y agarró a un sorprendido Aoshi de su camiseta, arrastrándolo fuera del departamento a toda velocidad.
El muchacho, aún medio dormido y en shock por el repentino ataque, no podía preguntar por qué estaba siendo prácticamente secuestrado de su habitación. Cuando Lina lo lanzó a la parte trasera de una camioneta abierta, ella se subió al asiento del acompañante y Yamato, quien iba conduciendo, arrancó a toda velocidad.
Aoshi se sacudió la cabeza y logró divisar a Kenji, Reika, Madison, Ryo, Tetsuo, Maaya y Mizuki, todos ellos también en pijamas. Con ellos, también habían muchos maletines de la casa de cada uno.
–¿Alguien me puede explicar por qué nos acaban de secuestrar? – preguntó Aoshi.
–A nosotros también nos sacaron así... – respondió Ryo, restregándose los ojos por debajo de los lentes.
–Oigan, ya estamos saliendo de la ciudad... Ahora ya estoy preocupada – comentó Maaya al mirar fuera de la camioneta.
–Bueno, es normal de Lina sorprendernos así y llevarnos a quién sabe donde – completó Madison.
Se interrumpieron cuando Yamato alzó la mano para hablarles mientras manejaba. Aoshi se apartó más hacia el fondo cuando Cerbero se asomó desde la derecha de Yamato y comenzó a gruñirle.
–Ahora deben estar pidiéndonos explicaciones – les dijo alegremente la reencarnación de Hades – Sucede que hemos estado coordinando algunas cosas desde muy temprano y decidimos que es buen momento para el entrenamiento intensivo.
Los dioses jóvenes se quedaron en blanco y, en menos de tres segundos, todos ellos (a excepción del impasible Mizuki) estaban tratando de saltar del vehículo en movimiento.
–¡Cállense allá atrás! – les gritó Lina con un aura muy densa a su alrededor. Los demás hicieron caso y se sentaron muy rígidos en sus lugares.
Yamato detuvo la camioneta frente a una casa ubicada en las montañas. Era una cabaña vieja de madera, rodeada de varios árboles y maleza. Los Flanagan estaban esperándoles ahí mismo.
–Muy bien. Llegamos – anunció Yamato alegremente.
Cuando los muchachos bajaron de la camioneta con las maletas que Lina hizo a la improvisada en casa de cada uno, Misty saludó amablemente.
–Ahora que están aquí, ya les habrán dicho lo esencial: Durante una semana entera, nos dedicaremos al desarrollo de sus habilidades especiales, entrenamientos físicos y mentales.
–Un momento – le interrumpió Aoshi – Entiendo que hayan pensado que esto es de prioridad 100 sobre 100, que no me hayan dado tiempo alguno para traer mis cosas y, más importante aún, de haberme despertado completamente, pero mis padres van a armar un gran escándalo cuando sepan que, prácticamente, he sido secuestrado de mi propia casa.
–No hay problema con eso. Me encargué personalmente del asunto – intervino Roy con seriedad – Todos ustedes están en un “campamento de nivelación antes de clases”. Y según tus calificaciones, Yamaki... Tus padres sí lo van a creer sin dudas.
Aoshi alzó un dedo para replicarle, pero no podía rebatir algo tan cierto. Reika se pasó la mano derecha por el cabello alborotado y bostezó desganada.
–Nadie nos consultó sobre esto... – murmuró Reika, mirando disimuladamente hacia donde estaba su prima mayor.
–Quizás hubiera sido mejor si nos avisaban para prepararnos con tiempo – completó Kenji.
–No había tiempo para explicar. Lo mejor es si empezamos ya mismo – dicho esto, Lina hizo sonar fuertemente un silbato – Aquel que llegue al lago de último, deberá hacer quinientas flexiones.
–Osu! – respondió Maaya, siendo la única que emprendió carrera obedientemente. Mizuki sólo siguió inexpresivo a su amiga.
–Un momento, quién te nombró la que mand... – Aoshi no llegó a terminar su queja cuando Lina lanzó un golpe con aura hacia un tronco y lo hizo explotar.
Sin más reclamos, los dioses y Madison partieron a toda velocidad hacia el lago, dejando a Ryo y Tetsuo aún confundidos.
–Disculpen... – dijo Ryo al armarse de valor para hacer una pregunta – Entiendo que hayan traído a todos para este entrenamiento intensivo, pero... ¿Por qué Tetsuo-kun y yo estamos aquí?
–Ustedes nos andan diciendo que no nos involucremos y no creo que nos entrenen para pelear también – intervino Tetsuo.
Lina no se inmutó en lo más mínimo y respondió indiferente:
–Esa cabaña no se limpia sola.
Tetsuo estuvo a punto de replicar, pero recordó la reciente demostración de autoridad por parte de Lina, por lo que ambos muchachos fueron presurosos al interior de la casa.
Y la semana más larga de sus vidas recién estaba comenzando.